Las acciones militares
recientemente emprendidas por la coalición internacional que actúa contra el
llamado Estado Islámico son una suerte de bendición para el régimen totalitario
de Bashar al-Assad, el presidente de Siria. Porque obviamente procuran
debilitar a su peor enemigo en la guerra civil de su país. Reivindican además
su temprano argumento en el sentido de que ayudar desde el exterior a la
insurgencia siria «sunni» terminaría indefectiblemente provocando el
fortalecimiento del ala más radical del fundamentalismo, la que hoy representa
precisamente el Estado Islámico. Lúgubre profecía que, lamentablemente, se ha
cumplido.
Para la coalición
internacional, la pregunta que ahora se abre frente al enemigo común -Estado
Islámico-, es: ¿se puede confiar en el régimen sirio del clan Assad y coordinar
con él las acciones militares contra el Estado Islámico?
Ambos regímenes -los de
Irán y Siria- son violadores permanentes de los derechos humanos de sus pueblos
Lo sucedido con Siria en
materia de armas químicas puede servir como catalizador en la búsqueda de una
primera respuesta.
A mediados del mes de
agosto pasado, los Estados Unidos confirmaron que el régimen de Bashar al-Assad
había completado la destrucción de su arsenal de armas químicas, bajo la
supervisión de la «Organización para la Prohibición de las Armas
Químicas» conforme a lo acordado tras la intervención conjunta en esta
cuestión por parte del país del norte y la Federación Rusa.
La referida noticia no
era menor, desde que el régimen de Bashar al-Assad es directamente responsable
de haber utilizado gas sarin -en Ghouta, uno de los suburbios de Damasco-
causando más de un millar de indefensas e inocentes víctimas civiles entre su
propio pueblo. Assad, recordemos, preside a Siria desde el año 2000, sucediendo
a su padre que estuviera por 30 años enquistado en el timón del poder.
Hablamos de un acuerdo
exitoso, en función del cual se han podido inutilizar definitivamente unas
1.300 toneladas de armas y agentes químicos que pertenecieron a Siria. Buena
parte de esa destrucción o neutralización -algo así como la mitad- tuvo lugar
en un reactor de titanio emplazado en un buque especializado norteamericano. Se
trata del «Cape Ray», construido en 1977. El resto del peligroso
inventario sirio de armas químicas se destruyó o neutralizó en distintas
instalaciones ubicadas en Finlandia, Alemania y Gran Bretaña. Pero, simultáneamente
con el anuncio, se dejó entrever que aún existían algunas «discrepancias y
omisiones» que debían aclararse en diálogo directo con Siria.
La confiabilidad del
régimen despótico de Bashar al-Assad, a la luz de sus antecedentes y de sus
recientes conductas, no puede asumirse
Pese al proceso referido,
algunos corresponsales de guerra continuaron informando que Siria seguía
utilizando (reiterada y sistemáticamente) armas químicas contra los insurgentes
en la guerra civil que afecta desde hace casi cuatro años al país y que ha
causado ya más de 200.000 muertos.
La información sostiene
que se trata ahora de gas clorina. Incluido dentro de las llamadas «bombas
barril», que son lanzadas desde helicópteros para dispersar así su
contenido. Muestras del suelo tomadas por expertos comenzaron a confirmar las
graves sospechas.
Ahora es la propia
«Organización para la Prohibición del Uso de Armas Químicas» la que
acaba de ratificar que ese gas ha sido, varias veces, usado por las fuerzas de
Bashar al-Assad, hasta el pasado mes de abril. Concretamente, en las ciudades
de Talmanes, Al Tamanah y Kafr Zeta, en el norte del país.
Hablamos de una entidad
internacional importante, que ya ha verificado la destrucción, en siete países,
de diversas armas químicas. Cuyos inspectores han actuado con éxito en Bosnia,
China, Francia, India, Irán, Irak, Japón, Libia, Rusia, Serbia, Gran Bretaña y
los Estados Unidos. Su labor ha sido realmente eficaz, a punto tal que el 80%
de los inventarios declarados de armas químicas han sido destruidos y que el
70% de las instalaciones denunciadas en 1993 han sido desarmadas y están ahora
sujetas a un régimen de verificación. Útil, entonces.
Volviendo a Siria, cabe
aclarar que el gas clorina -que ataca al sistema respiratorio de las personas-
no estuvo incluido entre las armas químicas denunciadas por Siria, ya
destruidas. Pero su uso como arma química está específicamente prohibido por
las normas en vigor.
Siria acaba de denunciar
-sorpresivamente- al organismo internacional que la supervisa, que en su
momento omitió declarar algunas instalaciones de investigación y desarrollo,
así como un laboratorio usado para producir el tóxico gas ricina.
Hablamos de tres
emplazamientos, dotados de hangares de hormigón y edificios subterráneos que
Siria no denunciara en su oportunidad. Uno de ellos, para producir gas ricina.
La falta de transparencia de Siria parece obvia. Y ha quedado acreditada por su
propia confesión. Siria, que ahora es miembro de la «Convención sobre
Armas Químicas» de 1997, tiene específicamente prohibido desarrollar,
almacenar o usar armas químicas.
Algunas de esas
instalaciones no denunciadas están en regiones en las que las fuerzas de Assad,
apoyadas por Irán, combaten encarnizadamente con las del Estado Islámico, cuyos
contingentes podrían, de pronto, acceder a las armas químicas, lo que generaría
un cuadro realmente de pesadilla.
Ante la existencia de un
enemigo común, esto es del Estado Islámico, algún grado de coordinación en el
andar con esos dos países parece necesario y deberá previsiblemente
desarrollarse
Cuando la comunidad
internacional -a través de la coalición internacional conformada recientemente-
ha comenzado a atacar desde el aire al Estado Islámico también en territorio
sirio, la confiabilidad del régimen despótico de Bashar al-Assad, a la luz de
sus antecedentes y de sus recientes conductas, no puede asumirse. Para nada.
Tampoco la de su defensor y sostenedor incondicional: Irán. Y, menos aún,
«Hezbollah», el efectivo brazo armado terrosita libanés auspiciado y
mantenido por el régimen iraní.
No obstante, ante la
existencia de un enemigo común, esto es del Estado Islámico, algún grado de
coordinación en el andar con esos dos países parece necesario y deberá
previsiblemente desarrollarse. Porque ello parece inevitable, aún ante la
comprensible ausencia de confianza respecto de todos ellos.
Ambos regímenes -los de
Irán y Siria- son violadores permanentes de los derechos humanos de sus
pueblos. Y al propio Bashar al-Assad le cabe la gravísima responsabilidad por
el uso de armas químicas contra su propio pueblo, lo que constituye un
flagrante crimen de guerra, esto es un delito de lesa humanidad cometido en
tiempos de conflictos armados internos. Tan sólo esto justifica actuar con una
enorme desconfianza en el andar. Parecería bastante obvio.
El autor fue embajador de
la República Argentina ante las Naciones Unidas.
Las armas químicas demuestran que Siria no es confiable
07/Oct/2014
La Nación, Por Emilio Cárdenas